Wednesday, April 04, 2007



Mar Muerto, frontera de Israel y Jordania, miércoles 4 de abril 2007



Salimos de Tel Aviv al medio día pues llegué a las 4 am de Barcelona y tanto mi anfitriona Laila, como su pareja Shlomo y una viajera sueca, estaban desmañanados. Empezamos a dejar la urbanidad y nos topamos con la humedad sombría de un bosque de coníferas que rodea a Tel Aviv. Shlomo me contó que el bosque tiene apenas quince años de vida, y es “una obra maestra de la ingeniería botánica” me dijo orgulloso. Yo empecé a comprender la fuerza que tiene, en un desierto, la tecnología del riego por goteo. Una hora y media después pasamos a un costado de Jerusalén y en veinte más ya habíamos llegado al Mar Muerto: el final de Israel. El lago salado se encuentra a 400 metros bajo el nivel del mar, y las orejas se te tapan de lo lindo al llegar. La amiga sueca no dejaba de mascar chicles, envolvía el chicle viejo en el papelito y abría otro; minutos después hacia lo mismo. Al llegar a la costa balneario descubrimos que la gente se cubría con lodo y se tiraba a secar al sol todos pintados de lodo negro. “Es bueno pa’ la piel” me dijo Laila. Me acerqué a la orilla del agua, donde un lodo suave y oscuro tocaba el mar salado. El agua estaba fría pero me adentré. Mis pies se hundieron en el lodo. Avancé hasta que el agua me cubrió el ombligo. Para nadar necesitas sumergirte y en esta agua no puedes sumergirte. “¡A chinga!” fingí sentarme en una silla, el agua me volteó, luego me acosté. Me volteó otra vez, en todas las posiciones el agua me volteaba y me trataba de ahogar. Hasta que intenté con la flor de loto, una postura meditativa que me dio la mayor estabilidad en esta agua extraña. De un lado del Mar Jordania, una república monárquica, capitalista e islámica. Del otro lado Cisjordania, la franja Palestina de Israel. Al salir del lago el agua me jugo una broma y finalmente probé el sabor de aquél maravilloso líquido: sabe a mar muerto. Aún esta agua insólita me dejó la piel como nunca la he visto, hidratada y tersa. Al atardecer empezamos el regreso a Tel Aviv, pero una carpa rojo sangre nos hipnotizó. Los beduinos que atendían nos regalaron de entrada un té de hierbabuena, nos quitamos los zapatos y nos acomodamos en los cojines sobre un entramado de alfombras. El tabule, jocoque y el favorito humus no se hicieron esperar. Nunca estimé tanto al garbanzo, grano poderoso, el símil del maíz en América. Dejé de extrañar la comida mexicana que en España me hizo tanta falta. Tú sabes de mi afición por los tlacoyos de requesón. En Medio Oriente se come espectacular, sean judíos, palestinos, beduinos, o saudíes los que cocinen.

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